Mi amigo Paco sufrió muchos de los mediocres entrenadores deportivos que trataban de superar sus frustraciones volcando unos niveles de exigencia despedazadores sobre sus chavales. Una dinámica semejante a la reconocible en otros espacios laborales, educativos... conservando un rasgo en común por encima de la diversidad de sus campos: la mediocridad.
Por esta razón ha tratado de ofrecer otras claves interpretativas en la tarea que él lleva ahora a cabo como entrenador de cadetes en fútbol. Les premia en función del cansancio acumulado tras un partido. Con independencia del resultado obtenido, valora el sacrificio, la entrega y la pasión depositadas porque hay que aprender a evaluarse en serio. De hecho, cuando alguno de sus chavales no es capaz ni de levantarse del banco de madera para irse a la ducha les ofrece las mejores palabras de reconocimiento y las más encendidas alabanzas: "no sé cuántos futbolistas de primera estaré formando, pero sé contar el número de personas que tengo a mi cargo".
Tras la comida, al entrar en la sala de materiales he recordado a mi amigo Paco y me he detenido unos instantes para hacer una breve oración de alabanza a Dios por nuestros chicos.
Lejos de poder levantarse del banco de madera, el suelo se ha convertido en improvisada sala de recuperación. Tanto que el primer impacto sugería la posibilidad de una explosión atómica que hubiera dejado en tal estado de derrumbe al personal. Un caos informe de rincones hiper aprovechados y de posturas imposible para ocupar el último resquicio de suelo. Tanto que han dado lugar a históricas imágenes como las que compartimos con vosotros.
Mi amigo Paco les premiaría doblemente. Primero por haber entregado la vida, segundo porque sabría valorar que hay mucho más en juego cuando se trata de ofrecer un mundo desconocido a niños golpeados prematuramente por la vida, que en el movimiento de una pelota de cuero en los márgenes de las líneas de cal.
La energía solo se transforma. La que a ellos les falta es ahora sonrisa en los niños, relajación en sus rostros por saberse protegidos y miradas que a veces parecen estrenarse para expresar la gratitud por el amor que se está sintiendo.
Casi todo lo han hecho bien. El resto lo aprenderán con el tiempo. Entretanto, son testimonio de que "no hay mayor amor que dar la vida por los amigos".
Son las 16.28. Bastan un par de avisos y frases cariñosas para animarlos. Están agotados pero se levantan. Es sobrecogedor. 16.35. Cinco minutos de retraso más que justificados. Los niños vuelven al juego.
Sois admirables.
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